nuestro taliban
Por Enrique Fortunat D.

Kabul, la capital de Afganistán, cayó ante el avance militar del talibán, de los llamados talibanes, quienes estuvieron 20 años fuera del poder merced a la intervención norteamericana que hoy recula en su discurso y abandona el país.

La llegada de los talibanes ha desatado el temor, pánico puede decirse, entre amplios sectores de la población afgana, especialmente las mujeres quienes ya han experimentado la aplicación de medidas que un grupo de ultra religiosos creen que son las adecuadas para que las vivan.

Desde occidente se alzan las voces de advertencia, de protesta anticipada en contra de las acciones que se sabe con casi absoluta certeza que comenzaran a ocurrir en el día a día para quienes permanezcan en territorio afgano.

Por ello las oleadas de gente en busca de escapar del país, el miedo a quedarse atrás, a ser sepultado en el alud del talibán, a resignarse a vivir como dicen que dice Dios que hay que hacerlo.

Aterra, sin duda.

Tal vez el talibán personifica para muchos la idea de la imposición de conductas, el desprecio por la opinión ajena, la sordera a cualquier cosa que no pertenezca a el marco conceptual aceptado y que no debe ser discutido; la intolerancia a la disidencia, la disidencia con riesgo de la vida.

Pero no es una figura que sea ajena en muchas partes del mundo.

El fanático no admite otra interpretación del mundo o la conducta humana que no corresponda con su propio esquema de creencias, a su marco conceptual; en el caso de los religiosos, como dicho marco está anclado a lo que dicen que dice Dios, no admite más opinión que la obediencia y la sumisión.

No es invisible

El fundamentalismo no es invisible, lo vemos en quienes quieren obligar a los demás a vivir como creen que debe hacerse, sin preguntar, sin entender, sin asomo de alteridad.

Está en el macho que cree que su pareja necesita de su permiso para hacer algo, pero también la intolerante que intenta quemar viva a otra por el hecho de ser policía. Vive en quien cree ser mejor que otro porque adora a un Dios de determinada manera, habita en quien justifica el odio a lo diferente, en quien cree que disciplina es maltrato, en quien confunde fe con irracionalidad y ceguera intelectual.

Sin duda el fundamentalismo es peligroso, muy peligroso.

Divide a las personas, hace del mundo un sitio menos amable y en muchas ocasiones inhabitable para algunos mientras vivan los otros.

Es el combustible que impulsa el pensamiento de odio, de la deshumanización del otro.

Siempre en la guerra, en el conflicto subyace la idea de que el otro es distinto y de alguna manera menos humano que uno mismo o humano de un modo que resulta amenazante para la propia supervivencia. Eso les permite maltratar, humillar, matar.

Por supuesto que atemoriza el talibán, en su caso porque se ha visto que no tiene respeto por la diferencia, que avasalla al otro, que cosifica y degrada a la mujer, que pervierte la visión del mundo a su propia y excluyente interpretación y que la existencia del otro es para ellos sólo motivo para intentar aniquilarlo.

Se pervierten las creencias

Pervierte la religión para acomodar sus prejuicios y ambiciones y vestirlos con ropajes de santidad y envolverlos en aromas de sahumerios. Es cierto, pero no creamos que son los únicos que lo hacen, de sobra sabemos de acciones semejantes entre personas de otras religiones, la diferencia es que hoy esas falanges religiosas no se alzan en armas para derrocar gobiernos o matar en nombre de Dios. Cuando menos no lo hacen abiertamente.

Pero no respiremos aliviados, a varios de ellos les gustaría poder hacerlo: someter al Estado al poder religioso, normar la vida conforme a sus creencias morales sin pasarlas por el tamiz de la ética.

La intolerancia, el desconocimiento del otro como interlocutor válido está en la raíz del conflicto por causas de clase, de raza, de sexo, de religión. Y detrás de ellos la ambición, la ignorancia y la estupidez.

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