La mañana de este sábado (tiempo local de Londres) tuvo lugar la esperada coronación del rey Carlos III, una solemne ceremonia efectuada en la Abadía de Westminster casi ocho meses después del fallecimiento de su madre, la reina Elizabeth II.
Justin Welby, arzobispo de Canterbury, fue el encargado de colocar sobre la cabeza del nuevo monarca la suntuosa corona de San Eduardo, fabricada en el siglo XVII, marcando el momento más importante de uno de los actos protocolarios más antiguos en la historia del Reino Unido.
Posteriormente, el arzobispo gritó a la congregación la famosa frase «Dios salve al Rey», tras lo cual se escucharon trompetas.

Además de la corona de San Eduardo, a Carlos III se le entregaron otras insignias reales como el orbe del soberano y el cetro con cruz, que simbolizan el mundo y el mundo cristiano, respectivamente. Sentado en la silla de roble de San Eduardo, el también líder de la iglesia anglicana y jefe de Estado británico hasta el día de su muerte recibió el cetro de la paloma, símbolo del papel espiritual del monarca.
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Justin Welby, quien acudió a la ceremonia ataviado con una capa dorada, le entregó al rey el guante blanco del poder, para después hacerle entrega de la corona de San Eduardo. Cabe mencionar que Carlos III no volverá a lucir esta corona, hecha en oro y decorada con piedras preciosas como rubíes, amatistas, zafiros, granate y topacios.
Pese a que el acto protocolario se transmitió en vivo tanto en redes sociales como por televisión, el rey se mantuvo oculto al público por unos segundos para que el arzobispo de Canterbury pudiera ungirlo con aceite consagrado, el rito religioso más solemne de la liturgia de la coronación.
También se llevó a cabo la coronación de Camila, esposa de Carlos III desde hace 18 años, como reina del Reino Unido. Después de ungirla con aceite en la cabeza, el arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia anglicana, le colocó la corona de la Reina María.

