la herida simbólica que no ha sanado
Por Enrique Fortunat D.

La herida simbólica que no ha sanado hasta hoy.

El 13 de agosto de 1521 cayó la gran México Tenochtitlán sede del imperio mexica, se cumplen 500 años del suceso

Los mexicas habían llegado en 1325 a fundar su capital en el sitio que se les había profetizado: donde el águila posada en un nopal devorara a la serpiente.

En casi 200 años llegaron a un sitio hostil, se impusieron a agresiones, maltratos y humillaciones. No cedieron. Ni se doblegaron, se adaptaron, prevalecieron y construyeron un poderoso imperio.

Puestos a conseguir su lugar en el mundo, conquistaron, pelearon, sojuzgaron y asesinaron. Se enriquecieron con los tributos impuestos a otros pueblos y les impusieron batallas rituales para tomar prisioneros y tener seres humanos a quienes arrancar el corazón para ofrendarlo a los dioses.

Debe haber sido una pesadilla tenerlos de amos. Eran duros y crueles.

No es de extrañar que, a la llegada de una nueva potencia que ofrecía a los pueblos sojuzgados liberarse de ellos, muchos optaran por unirse en su contra.

El ejército de peninsulares hubiera sido incapaz de tomar la ciudad. No tenían el número de elementos. De nada hubiera valido la superioridad tecnológica en el armamento o el uso en campaña de caballos. La diferencia numérica era tal que los hubieran aniquilado hasta haciéndoles cosquillas.

Y no se diga que los nativos fueron unos traidores por ponerse del lado de los hispanos, para muchos de ellos la perspectiva de acabar con los aztecas era incentivo suficiente para ir a la guerra.

La resistencia de los aztecas fue heroica y lucharon hasta ver reducida prácticamente a escombros su ciudad y cómo el mundo, su mundo, desaparecía entre bruma, lodo y sangre.

La aniquilación

Lo que siguió a eso estaba fuera del libreto y en esta época de pandemia tal vez lo comprendamos mejor.

La población nativa fue aniquilada. No se exagera al decir que prácticamente fueron extinguidos. Las cifras más conservadoras hablan de que el 90 por ciento murió; otras señalan que pudo ser el 97 por ciento.

El azote que segó la vida de millones no fue la espada. Se llama viruela. No existía en América y los indígenas no tenían defensa alguna contra ella.

Sobrevivieron en mayor medida los indígenas que se alejaron, los que se aislaron en lo profundo de la selva, en el calor del desierto, en las alturas de las montañas.

Se puede refutar, hay quien lo hace, la crueldad de los nuevos amos. Si no todos intentaron reducir a la esclavitud a los indígenas, muchos lo hicieron y ejecutaron penas y castigos que horrorizan.

También es cierta la labor de los frailes que rescataron a muchos, que brindaron consuelo y admiraron las virtudes de costumbres, vida y pensamiento de los nativos de este, para ellos, nuevo mundo.

Se defienden las leyes que protegían a los indígenas, pero en costumbre que terminó por arraigarse, la ley escrita servía de ejemplo de un pensamiento que no se reflejaba en acciones ni castigos para quienes las rompían.

Hubo un rompimiento brutal del mundo para quienes vivían aquí bajo un parámetro distinto; en el que el mundo y su contenido era algo que los recién llegados no entendían, decían despreciar, pero en el fondo temían.

La mezcla

Durante tres siglos se impuso un sistema en el que se fueron incorporando y amalgamando usos y costumbres de allá y acá. La fusión se llevó a cabo de manera temprana.

Sí, hubo mezcla, pero no aceptación. El color de piel, el origen étnico, la clase social se fue formando y manteniendo con base en prejuicios y clasismo en buena medida racista.

Es esa una de las tristes herencias que lleva la sociedad mexicana en nuestros días, a 500 años de la caída, de la resistencia indígena dicen hoy.

No sé realmente en que reside lo “mexicano” nunca lo he podido definir, pues lo mismo lo siento en el altiplano, que en el bullicio de las costas; en el talento y el talante de los artesanos y artistas de cualquier parte de la geografía del país; en la cocina de cualquier sitio con sus hondas raíces prehispánica y virreinales que sabiamente fueron sumando aromas y sabores.

Tal vez precisamente en ese entramado tan difícil de desenmarañar, en ese caleidoscopio que va cambiando de formas y colores en cada sitio que se conoce, en las mil maneras de ver el mundo y la vida en cada rincón del país, tal vez en ese laberintico constructo imaginario e imaginante reside en algo eso que se escapa siempre a la definición pero se rinde a la sensación: México.

Son 500 años de la caída de Tenochtitlán, pero para bien o para mal los son también del nacimiento de otra forma de ser, hacer y pensar que ha enriquecido, no exagero, al mundo.

Te recomendamos también: Bomba atómica de Hiroshima: la invención del demonio colectivo

Compártenos en
Un comentario en «México: 500 años en el laberinto»

Deja un comentario

Descubre más desde FARO INFORMA

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo