Por Miguel Castillo V
El ‘Otro’ 9/11
El 11 de septiembre se ha convertido en una fecha icónica en los últimos años. Tras lo ocurrido en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos, el bombardeo para recordar esta fecha, que los americanos abrevian como 9/11, ha sido como cualquier otro bombardeo americano: constante y simbolizado en exceso.
Los recuerdos de las imágenes de las torres gemelas sucumbiendo ante el impacto de aviones se ha insertado masivamente en la memoria de una generación que, más allá de la televisión, rara vez ha presenciado los estragos de las armas y la guerra.
Las frases como Never Forget han estado a la orden del día para que los medios y la vida pública nunca olviden y reiteren sin parar el único ataque que ha recibido el país americano en su territorio continental (aunque podríamos exceptuar a Villa y a su División del Norte por los saqueos a los pueblos fronterizos americanos con México)
Pero, antes de aquel suceso, el 11 de septiembre ya había estado manchado de sangre. Fue hace 48 años cuando el otro, y discutiblemente, original 9/11 sucedió en el hemisferio sur, más precisamente en Santiago de Chile.
El ‘otro’ 9/11: 11 de Septiembre de 1973
Corría el año 1973 en Santiago de Chile. El presidente, Salvador Allende enfrentaba un clima de adversidad sin precedentes en su mandato y las amenazas exteriores al Palacio de la Moneda se comenzaban a colocar para la estocada final.
Desde su elección, la derecha chilena y otros gobiernos extranjeros, específicamente los Estados Unidos, no habían estado de acuerdo con el régimen de izquierda que había instaurado Allende en Chile.
La denominada Unidad Popular en Chile había logrado triunfar en el país andino. Pero la intervención de Nixon y el resto de americanos, llevaron a la derecha chilena a fortalecerse en los primeros años de gobierno de Allende.
Poco menos de 3 años después, la derecha chilena, comandada por Augusto Pinochet y patrocinada en gran parte por el gobierno de los Estados Unidos, ya estaba armada y preparada para dar un golpe de estado en las puertas del Palacio de la Moneda.
En el día 11 del mes 9, las fuerzas armadas le demandan a Allende renunciar a su cargo. Le dan hasta las 11 de la mañana para abandonar el Palacio de la Moneda. De no ser así, amenazan que este sería atacada por tierra y por aire.
Para las 10:15, Allende dirige su último mensaje a la nación chilena. Mediante la difusión de la Radio Magallanes, el entonces presidente se dirige a sus habitantes apuntando la traición y la situación, apegándose a sus pensamientos marxistas. Al concluir, Allende dice:
«Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición»
Lo que sigue después es lo que pasa cuando las palabras dejan de mediar entre las personas: aparecen las armas. Los disparos contra el Palacio de la Moneda, armonizados con las balas que salían en defensa del mismo, crearon una violenta sinfonía aquella tarde.
Rebasados por más que las fuerzas armadas, Allende tomó la decisión que le pondría fin a todo. Según testimonios, Allende tomó su pistola y se disparó en la barbilla, muriendo al instante. Ante esto, a través de su radio, uno de los generales dice: «Misión cumplida. Moneda tomada. Presidente muerto»
La mirada desde el Retrovisor

Al recordar el suicidio de allende y el golpe de estado en el Palacio de la Moneda, lo primero que se busca hacer es un juicio de valor. ¿Fue Allende el villano finalmente derrotado? ¿Fueron Pinochet y los Estados Unidos los verdaderos antagonistas? ¿A quién se debe celebrar o culpar al recordar este día?
La respuesta, como siempre lo será en la historia, se presta a diferentes ópticas: mientras que algunos condenan este episodio otros lo rememoran como un paso hacia adelante para el país.
Pero, esta óptica puede cambiar cuando la mirada es desde el retrovisor. Si bien, algunos aspectos de la dictadura de Pinochet podrán seguir en el debate, lo cierto es que esta dictadura consecuencia de este golpe de estado, ha sido uno de los periodos de mayores violaciones a los derechos humanos en Sudamérica.
De acuerdo a los informes de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, también conocido como ‘Informe Rettig’, la cifra oficial víctimas directas durante la dictadura de Pinochet fue de 31 686 personas. Se estima que 28 459 de estos fueron víctimas de tortura y 3227 casos fueron víctimas ejecutadas o desaparecidas. También se estiman más de 200 000 personas que sufrieron de exilio.
Por otra parte, jamás sabremos que hubiese pasado si este golpe de estado no hubiese sucedido. Las atrocidades pudieron haber sido menores o quizás peores, pero lo único que nos dejaron los hechos fue la otra parte de la perspectiva. Que, en este caso, correspondió a la realidad de un país entero.
Este 11 de septiembre, es importante hacer memoria. Por el 2001 y la perdida de miles de vidas en los atentados en los Estados Unidos. Por 1973, y las muertes ocasionadas por los disturbios de ese día más las que vendrían en la dictadura. Pero sobre todo para recordar que no existe una única tragedia mundial y que nuestra óptica debe ir más allá de un país y un discurso hegemónico.
No olvidemos lo sucedido en 2001 pero también, nunca olvidemos 1973.
Si te interesa saber más sobre ‘el otro 9/11’, recomiendo leer la novela La Casa de los Espíritus de Isabel Allende.

