Por Miguel Castillo V
Lo divino de Dante
Que miedo dan leer los clásicos a veces. En mi revisión de aquellos monstruos literarios que abordé hace algunos años, recordé aquellas palabras de profesores y adultos sobre ciertos libros de fama y de mucha antigüedad. «Aquel que no ha leído a los griegos, a Dante, el Quijote, no ha leído nada en realidad». Asusta mucho cuando alguien, a quién tu consideras referencia o un modelo, dice esto y tú tienes tu cabeza en cero sobre estos temas.
Los primeros acercamientos a estos libros, en mi experiencia, fueron infructuosos y tuvieron que pasar muchos años para comenzar a navegar, precavidamente, en este tipo de literatura. La realidad es que, en su momento, no aprecié tanto estos libros por mi corta edad y mi extraña necesidad de completar la tarea más que de entender el texto. Sin embargo, en los segundos o terceros intentos, encontré más claridad en algunos, especialmente recordando la tercera vez que me embarqué con Dante y Beatriz en el inolvidable recorrido dentro de la Divina Comedia.
Un libro escrito en verso y de palabras elevada que, desde la primera vez, sabía que tenía mucho que tardaría en descifrar y apreciar. Revisando mi ejemplar, me encontré con diversos subrayados como es costumbre pero, tal vez por la vida que llevó hoy, fueron un par los que me saltaron. Ahí, en ese momento de releerlos, encontré lo que mi tío decía que era lo divino de Dante Alighieri. La primera frase, reza de la siguiente manera:
Para el marcatextos
«El hombre debe, siempre que pueda, cerrar su labios antes de decir una verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin tener culpa»
Parecería frase de consejo de persona mayor pero en realidad es una advertencia que, en un mundo tan evolucionado tiene mucho más que sentido. Sobre todo al pensar en lo fácil que es volverse hoy un referente informativo para alguna persona.
Desde ahí, encontré mucho camino a recorrer junto con Dante pues releí un poco de su paso durante el purgatorio y el infierno, mi sección favorita claramente. Entonces encontré otra frase tan inocente pero tan cierta que me puso a pensar de nuevo. Esta decía lo siguiente.
«Comprendí que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados, que la razón someten al deseo»
Al hablar de uno de los pecados más comunes entre nuestra generación, comprendí lo que tantas veces escuche de mi querido tío: «Lo que escribieron en la época de los griegos, de Dante, tiene más valor y más razón cada vez que uno lo lee». Y es que si algo me quedó claro cuando estuve leyendo de nuevo estos pasajes es que lo divino de Dante no reside solo en lo que dijo, sino en el eco que genera para miles y millones a más de 500 años de haberse escrito.
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