Por Autor Conocido
Alito, el sepulturero del ex todopoderoso PRI
La última década es muy significativa para la vida política y social de México. Irremediablemente, para bien y para mal, por igual, como un atleta con cáncer, el país no se podía entender sin el Partido Revolucionario Institucional. Un matrimonio tóxico, donde pese a los pleitos entre pareja encontraban la manera de coexistir e ir de la mano, pese que uno, el organismo, le falló muchas veces a su pueblo.
Muy lejos se veía la separación, hasta que, a mediados de la administración de Enrique Peña Nieto, con decisiones muy desafortunadas con impacto en el bolsillo de los ciudadanos, como en la externa, aunado al descontento de muchos grupos internos tras ser relegados del enorme pastel federal, provocó la ruptura y la desconfianza general. Unos se fueron al PAN, otros, una amplia mayoría, a Morena.
Cuando pasó la debacle del 2018 (dicen los tricolores que ellos permitieron el arribo de Andrés Manuel López Obrador), la soberbia les cobró muchas facturas. El Comité Ejecutivo Nacional y los estatales pasaron a manos de personajes cuyo objetivo nunca fue la reestructuración, sino tomar ventaja para colocarse en una diputación plurinominal o regiduría.
Se formaliza la debacle
Así como se usaron las dirigencias para colocar a amigos y compadres dentro de la nómina, incluidas las candidaturas, los presidentes tomaron una revancha contra aquellos críticos que detectaron estas acciones. De por sí la desbandada fue grande con la ola AMLO, vinieron más salidas, aunque a cuentagotas y disminuyó la militancia de manera dramática.
En el escenario actual, Alejandro Moreno Cárdenas se comporta como si el priísmo estuviera en los tiempos de Miguel de la Madrid o Carlos Salinas de Gortari, es decir, como “partido en el gobierno”, cuando esa etiqueta apenas y sobrevive en Coahuila y Durango, aunque compartida con Acción Nacional.
Increíble que, con lo anterior, se tenga que poner de rodillas ante Movimiento Ciudadano y su candidato presidencial Jorge Álvarez Máynez, rogarle que deje su intención de competir e inclinarse a una causa casi perdida, la de Xóchitl Gálvez. Prometió dejar su puesto plurinominal en el Senado, pero no es una garantía de cumplir, luego de tantas cosas hechas a sus correligionarios.
Alito se empeñó, como muchos dentro y fuera lo advirtieron, en ser el sepulturero del antes llamado “todopoderoso”. Todavía se dio el lujo de arrastrar el poco prestigio restante a las siglas, a su historia y su trascendencia en el país, por muy tóxica que fue.
Entonces ¿el PRI así resuelve?

