Por Miguel Castillo V
El último emperador de China
Como sociedad occidental, es muy común que sintamos una particular curiosidad por el oriente, especialmente aquel que nuestros ancestros llamaban el lejano oriente. En dicho lugar, la vida siempre ha transcurrido con diferentes costumbres, ideas y funcionamiento. Al ser el país más grande y más poblado, China siempre ha sido una auténtica incógnita para miles de personas, desde las épocas antiguas e incluso hasta en nuestros días.
Y aunque hoy, China podría parecer mucho más a nuestro estilo de vida occidental y ahora ya no tenga mucho misterio, el gigante asiático era muy diferente aún hace poco más de 120 años; cuando las dinastías y los emperadores aún gobernaban esa zona.
En esta edición del retrovisor, en conmemoración del fin, miraremos 110 años atrás, cuando la situación en China cambió para siempre y el último emperador de China abdicó para poner fin a más de 1000 años de tradición imperalista.
Pu Yi, el fin de la línea china
La historia de ‘Pu Yi’, a quién no se le podía llamar así bajo ninguna circunstancia durante su reinado, es una de las más interesantes en la historia del imperialismo. Nacido en el año 1906 y coronado como el emperador Xuantong dos años después, el pequeño monarca chino se volvió en el nombre más importante de China antes siquiera de poder sumar o restar.
Ante ello, era evidente que el joven emperador no era quien tomaba las decisiones, sino su padre, Príncipe Chun, y la emperatriz viuda Longyu, quien fungió como la principal en la toma de decisiones durante los pocos años restantes de imperio.
Sin embargo, la controversia reinó en estos últimos años. Principalmente porque, durante el reinado de la emperatriz Cixi se decretó que ninguna mujer volvería a tomar las decisiones más importantes en la Dinastía Qing.
Los pocos años en el gobierno de Pu Yi fueron tumultuosos y complejos. El 12 de febrero de 1912, al tener 6 años, Pu Yi finalmente deja de ser emperador en China y lleva a la Dinastía Qing y a una tradición imperialista china de más de 1000 años a su fin.
Fue después, cuando ya era más grande, que Pu Yi comenzó a entender y a recaer todo el peso de esta decisión. Vivió siendo una especie de prisionero en su propio palacio por muchos años. Posteriormente también colaboró con los japoneses, fue hostigado por los chinos ante el ascenso de Mao y el comunismo. Terminó siendo un jardinero en un parque botánico, como cualquier otro ciudadano de China.
La mirada desde el retrovisor
Esta historia es de las más increíbles que haya existido, especialmente si se considera la longevidad y el peso de la tradición china. Fue tan impactante que, en el año 1987, Bernardo Bertolucci llevo al cine su vida en «El último emperador», la cual ganó 9 premios Oscar, incluyendo mejor película.
En lo personal, consideró que esta historia enseña muchísimas lecciones importantes. Una de ellas es la fuerza humana de la tradición y lo complejo que es el proceso de desarraigo de estas. Y la otra, que justo es parte de esto, es la permanente presencia del cambio y su rol en nuestras vidas. El ejemplo de Pu Yi nos deja ver que hasta las raíces más fuertes pueden sucumbir pero que, en su lugar, pueden plantarse raíces igual de profundas.
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